Gorriarena, muestra póstuma del Maestro

Gorriarena: el legado de un artista que opinaba con el color


Este Vacío, Carlos Gorriarena, acrílico, 150 cm x 200 cm

Participó en la selección de obras hasta que murió en enero de este año. Dejó una lección contundente

Un pintor dibuja, colorea, se expresa en términos estéticos, políticos e ideológicos, o todos a la vez, pero antes que nada es un artista. Carlos Gorriarena (1925-2007) le ponía el cuerpo a la vida pero siempre luchó con el karma de ser considerado un "pintor político", "ideologista", quizá por su visión comprometida de la realidad que lo atravesó como a cada argentino y otro tanto por su militancia paralela al arte que le dio notoriedad.

Hasta el 16 de abril Rosario exhibe su primera exposición post mortem, con un título acaso inmejorable: Pintura para romper la pared. Se ven sesenta obras que abarcan los últimos 30 años de este genial artista discípulo de dos rosarinos mundiales: Antonio Berni y Lucio Fontana. Los cuadros de Gorriarena estrenan, de hecho, IMAGO, nuevo espacio de la Fundación OSDE en la ciudad.

Cuando todo esto era apenas un proyecto, Gorri vivía y participó activamente del diseño de la muestra junto a Fernando Farina, director del Museo Castagnino y de MACRO (Museo de Arte Contemporáneo). Los trabajos que se exhiben ahora abarcan el período 1978/2006 comenzando por el "Homenaje a los reporteros del Times" donde Gorriarena plasmó una serie de obras a partir de fotos, como Centímetro lineal (1978) o Fusilado (1979). Otras del período son Bestiario (1979) y visiones menos transitaadas como Buenas tardes Giotto (1988). Imperdible resulta su sarcástica (aquí se hace bien palpable aquello que señaló Yuyo Noé: "Gorriarena usa el color como adjetivo") visión de la aristocracia argentina reflejada tanto en El estanque de 1993 como en Diminutos detalles (1995), pincelada ésta de la burguesía alta del 1 a 1. Mapa estético-ideológico que fija un concepto de país en postales de implacable mordacidad como Torta alemana (tapa del catálogo), Los alimentos y Acrópolis, ya más situada en el infierno de 2001.

"Hay una decisión de no incorporar obras anteriores al período porque expresan un lenguaje pictórico diferente— señala Fernando Farina—. Lo que estamos viendo es parte del último peldaño de su evolución, donde ya encuentra una manera propia de producir y establecer todos estos interrogantes que él se hace respecto de la pintura mientras desarrolla su lenguaje."

Se sabe que Carlos Gorriarena era un enemigo declarado de los lugares comunes. No cabía en su espíritu la descripción aquella del pintor político porque la temática o el motivo terminan opacando la obra del artista. Hay una línea que divide a sus obras de su militancia (ya fuera en la juventud del PC o, luego, en la resistencia peronista) porque su forma de pintar no era una denuncia explícita, un panfleto. "Nunca dijo: voy a hacer una pintura representando el drama social", grafica Farina. "Si ves una muestra de Gorriarena es una extraña fiesta, un tanto dramática porque te encontrás con escenas vivas, gente sonriendo, colores, pero tienen un sustrato trágico, hay un ruido que se refleja a través de lo pictórico."

Ese ruido puede escucharse como un expresionismo pero sería injusto rotularlo, cercarlo. Es cierto: utiliza la mancha, lo gestual, las figuras, la estridencia en los colores y caricaturiza a sus personajes pero eso es sólo parte de un todo. "Gorriarena era expresionista, ilustrador, figurativo y colorista, pero había elementos en su pintura que eran más importantes que esos rótulos. Es necesario no caer en el reduccionismo por respeto a su memoria", cruza Farina.

"El no quería que lo encasillaran y en algún sentido creo que hasta podía desconfiar de un artista que dijera: 'soy un pintor político'." Su amigo, el escritor Pablo Suárez, lo describió con exquisita simplicidad en un artículo titulado "Un animal visual". Decía de Gorriarena: "El pinta. El va y pinta. Hay un muerto, y él va y lo pinta."


Osvaldo Noval, ROSARIO. ESPECIAL PARA CLARIN

 

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