Obras de Alfredo Volpi en el MALBA de Buenos Aires
La concentración de la mirada
Cien obras de Alfredo Volpi, un artista clave de la modernidad brasileña, se presentan en el Malba
De origen pobre y formación autodidacta, Alfredo Volpi (1896-1988) es el reverso perfecto del selecto núcleo modernista brasileño. A diferencia de Tarsila de Amaral o Di Cavalcanti (que pertenecían a la elite paulista), Volpi era un obrero que se ganaba la vida pintando motivos ornamentales en los palacios de los barones del café.
La leyenda presenta a Volpi como un inspirado que desarrolló por sí mismo el arduo camino que el arte moderno emprendió entre fines del siglo XIX y mediados del XX. Pareciera que su visión original surgió de una inspiración divina (lo que causaría risa al ateo Volpi) alentada, tal vez, por su ignorancia académica.
Por el contrario, es imaginable que, como en el caso de tantos genios autodidactos, Volpi haya realizado una lectura cimarrona de los retazos de modernidad que conoció de segunda mano. Es esta posición excéntrica (semejante a la de Spinoza o Nietzsche en el campo de la filosofía, y a la de Kafka o Borges, en el de la literatura) la que le permitió producir una obra tan extraordinariamente sofisticada, de la cual el poeta Sergio Milliet ha dicho que es de una simplicidad clarividente.
La retrospectiva que presenta el Malba, curada por Olivio Tavares de Araújo, es la primera presentación integral de la obra de Volpi en Buenos Aires. Esta muestra se vio el año pasado en el Museo de Arte Moderna de San Pablo y fue premiada por la asociación de críticos de arte de Brasil como la mejor de 2006 en ese país. Está organizada como un recorrido cronológico: desde los primeros cuadros de Volpi -en los que oscila entre el impresionismo del tema y el expresionismo del tratamiento- hasta los juegos sabios con el color de sus últimos cuadros, pasando por su personal abstracción.
Volpi comenzó pintando paisajes y casi no hizo otra cosa a lo largo de su vida. Su originalidad no se debe a la variación del tema, sino a la concentración de la mirada. Con los años va decantando elementos que alcanzan un valor simbólico. Todo se condensa: las casas a la orilla del mar se transforman en fachadas planas. Las puertas y ventanas, las banderitas y las barcas se transforman en arquetipos. En sus cuadros se hace visible lo que fue olvidado.
Después de su único viaje a Europa (a comienzos de los 50), en el que casi no dedicó tiempo a ver arte contemporáneo, Volpi radicaliza la representación plana de los objetos y los personajes. Pinta, a partir de entonces, algunas imágenes religiosas que recuerdan vagamente a los íconos bizantinos o a los frescos de fin del medioevo, como los que pintaron sus admirados Margaritone D Arezzo y Giotto (cuyos trabajos en la Capella degli Scrovegni visitó 18 veces). En esta retrospectiva hay varias vírgenes. Las pintadas antes del viaje europeo recuerdan aún las formas naïf del arte popular tradicional; las pintadas a posteriori de su deslumbramiento con los frescos medievales son representaciones casi abstractas, en las que los personajes flotan en un fondo infinito.
De origen pobre y formación autodidacta, Alfredo Volpi (1896-1988) es el reverso perfecto del selecto núcleo modernista brasileño. A diferencia de Tarsila de Amaral o Di Cavalcanti (que pertenecían a la elite paulista), Volpi era un obrero que se ganaba la vida pintando motivos ornamentales en los palacios de los barones del café.
La leyenda presenta a Volpi como un inspirado que desarrolló por sí mismo el arduo camino que el arte moderno emprendió entre fines del siglo XIX y mediados del XX. Pareciera que su visión original surgió de una inspiración divina (lo que causaría risa al ateo Volpi) alentada, tal vez, por su ignorancia académica.
Por el contrario, es imaginable que, como en el caso de tantos genios autodidactos, Volpi haya realizado una lectura cimarrona de los retazos de modernidad que conoció de segunda mano. Es esta posición excéntrica (semejante a la de Spinoza o Nietzsche en el campo de la filosofía, y a la de Kafka o Borges, en el de la literatura) la que le permitió producir una obra tan extraordinariamente sofisticada, de la cual el poeta Sergio Milliet ha dicho que es de una simplicidad clarividente.
La retrospectiva que presenta el Malba, curada por Olivio Tavares de Araújo, es la primera presentación integral de la obra de Volpi en Buenos Aires. Esta muestra se vio el año pasado en el Museo de Arte Moderna de San Pablo y fue premiada por la asociación de críticos de arte de Brasil como la mejor de 2006 en ese país. Está organizada como un recorrido cronológico: desde los primeros cuadros de Volpi -en los que oscila entre el impresionismo del tema y el expresionismo del tratamiento- hasta los juegos sabios con el color de sus últimos cuadros, pasando por su personal abstracción.
Volpi comenzó pintando paisajes y casi no hizo otra cosa a lo largo de su vida. Su originalidad no se debe a la variación del tema, sino a la concentración de la mirada. Con los años va decantando elementos que alcanzan un valor simbólico. Todo se condensa: las casas a la orilla del mar se transforman en fachadas planas. Las puertas y ventanas, las banderitas y las barcas se transforman en arquetipos. En sus cuadros se hace visible lo que fue olvidado.
Después de su único viaje a Europa (a comienzos de los 50), en el que casi no dedicó tiempo a ver arte contemporáneo, Volpi radicaliza la representación plana de los objetos y los personajes. Pinta, a partir de entonces, algunas imágenes religiosas que recuerdan vagamente a los íconos bizantinos o a los frescos de fin del medioevo, como los que pintaron sus admirados Margaritone D Arezzo y Giotto (cuyos trabajos en la Capella degli Scrovegni visitó 18 veces). En esta retrospectiva hay varias vírgenes. Las pintadas antes del viaje europeo recuerdan aún las formas naïf del arte popular tradicional; las pintadas a posteriori de su deslumbramiento con los frescos medievales son representaciones casi abstractas, en las que los personajes flotan en un fondo infinito.
A fines de los 50, Volpi salta decididamente a la abstracción, con una potencia poética estremecedora: puro formalismo en el que vibra, gracias a la selección de una paleta exquisita, una sensualidad sutil. El racionalismo casi extremo de la obra de Volpi se va complementando con el tratamiento cada vez más audaz y sofisticado del color.
La relación con la vanguardia concretista dio a la obra de Volpi, a la vez, un nuevo impulso y un nuevo malentendido. El malentendido surgió cuando se supuso que el hecho de que participara de algunas muestras con los concretistas permitiría ubicar su obra dentro de los marcos tranquilizadores de un "movimiento". El impulso lo llevaría de vuelta a una figuración, pero ahora completamente geométrica y estructural. Más que vista, la figura recreada en esta última etapa, semeja esos fantasmas con los que el entresueño de las siestas de verano engaña la imaginación.
La obra de Volpi es tan sutil que puede pasar inadvertida para una mirada apresurada. Necesita de una temporalidad zen. Es belleza en grado de fría incandescencia. Similar a la sentimos cuando creemos que algo esencial por fin va a sernos develado. Sin embargo, el misterio permanece.
(En el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415, hasta el 28 de mayo) .
Por Daniel Molina
Para LA NACION
Alfredo Volpi-Galería de Obras

Alfredo Volpi
Del 17 de marzo al 14 de mayo de 2007
Inauguración: jueves 16 de marzo de 2007
Malba – Colección Costantini abre su temporada 2007 el 17 de marzo con una retrospectiva del artista brasileño Alfredo Volpi, organizada por el Museu de Arte Moderna de São Paulo (MAM) y curada por Olívio Tavares de Araújo.
Por primera vez llega a la Argentina una selección de 100 obras de este artista clave de la modernidad brasilera, dentro de una exposición producida con la ayuda de la Sociedad para la Catalogación de la Obra de Alfredo Volpi, activa desde 1993, que ha examinado, catalogado y fotografiado 1300 obras del artista.
Alfredo Volpi (1896-1988), autodidacta, comenzó pintando murales decorativos, luego trabajó con óleo sobre madera y su obra más significativa la realizó en témpera, artesanalmente, mezclando pigmentos y haciendo a mano sus marcos. Pintor sereno acerca de su pintura, realizó variaciones de un mismo tema, estudios sobre color y forma en piezas aparentemente similares entre sí, con el énfasis puesto en el proceso gradual de su obra pictórica.
Según Tavares de Araújo, la obra de Volpi “nace figurativa, se vuelve abstracta, otra vez figurativa, pero pasando a concebir de otro modo la misma figuración”. A su modo, aborda todos los temas tradicionales de la pintura: la figura humana, la marina, el bodegón, el paisaje –siendo que las fachadas e incluso las banderitas son evidentemente reinvenciones, radicalizaciones poéticas del paisaje-; sin embargo, no se sujeta a la mera narrativa temática.
En la muestra –exhibida en São Paulo a comienzos de 2006- se incluyen obras que van desde los inicios de la década del 40, de su serie temprana en óleo sobre tela, sobre paisajes y marinas de Itanhaém, un pueblo de mar en São Paulo. En témpera sobre tela, se mostrarán sus trabajos sobre motivos religiosos y populares como las madonas, cristos, figuras de niños, jovencitas y mujeres de pueblo.
Luego aparece su serie de caseríos y fachadas de época coloridas que lo llevarán a la abstracción geométrica de su fase llamada concretista, de los años 50, cuando es invitado a participar en las Exposiciones Nacionales de Arte Concreto de São Paulo, en 1956, y Río de Janeiro, en 1957. Si bien Volpi no fue un miembro oficial de los grupos brasileños que defendían el concretismo, su obra se aproxima a los planteamientos formales del movimiento y él mantiene contacto con los artistas y poetas que lo integran.
También se incluyen aquí obras de su famosa serie de banderitas de fines de los años 50, en la cual simples referencias del mundo real serán sólo pretextos para organizar el espacio compositivo en su obra, que lo encaminará a la síntesis final de los años 70.
Alfredo Volpi
Del 17 de marzo al 14 de mayo de 2007
Inauguración: jueves 16 de marzo de 2007
Malba – Colección Costantini abre su temporada 2007 el 17 de marzo con una retrospectiva del artista brasileño Alfredo Volpi, organizada por el Museu de Arte Moderna de São Paulo (MAM) y curada por Olívio Tavares de Araújo.
Por primera vez llega a la Argentina una selección de 100 obras de este artista clave de la modernidad brasilera, dentro de una exposición producida con la ayuda de la Sociedad para la Catalogación de la Obra de Alfredo Volpi, activa desde 1993, que ha examinado, catalogado y fotografiado 1300 obras del artista.
Alfredo Volpi (1896-1988), autodidacta, comenzó pintando murales decorativos, luego trabajó con óleo sobre madera y su obra más significativa la realizó en témpera, artesanalmente, mezclando pigmentos y haciendo a mano sus marcos. Pintor sereno acerca de su pintura, realizó variaciones de un mismo tema, estudios sobre color y forma en piezas aparentemente similares entre sí, con el énfasis puesto en el proceso gradual de su obra pictórica.
Según Tavares de Araújo, la obra de Volpi “nace figurativa, se vuelve abstracta, otra vez figurativa, pero pasando a concebir de otro modo la misma figuración”. A su modo, aborda todos los temas tradicionales de la pintura: la figura humana, la marina, el bodegón, el paisaje –siendo que las fachadas e incluso las banderitas son evidentemente reinvenciones, radicalizaciones poéticas del paisaje-; sin embargo, no se sujeta a la mera narrativa temática.
En la muestra –exhibida en São Paulo a comienzos de 2006- se incluyen obras que van desde los inicios de la década del 40, de su serie temprana en óleo sobre tela, sobre paisajes y marinas de Itanhaém, un pueblo de mar en São Paulo. En témpera sobre tela, se mostrarán sus trabajos sobre motivos religiosos y populares como las madonas, cristos, figuras de niños, jovencitas y mujeres de pueblo.
Luego aparece su serie de caseríos y fachadas de época coloridas que lo llevarán a la abstracción geométrica de su fase llamada concretista, de los años 50, cuando es invitado a participar en las Exposiciones Nacionales de Arte Concreto de São Paulo, en 1956, y Río de Janeiro, en 1957. Si bien Volpi no fue un miembro oficial de los grupos brasileños que defendían el concretismo, su obra se aproxima a los planteamientos formales del movimiento y él mantiene contacto con los artistas y poetas que lo integran.
También se incluyen aquí obras de su famosa serie de banderitas de fines de los años 50, en la cual simples referencias del mundo real serán sólo pretextos para organizar el espacio compositivo en su obra, que lo encaminará a la síntesis final de los años 70.
Malba









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