La magia de Molina Campos cautivó ya a 27.000 personas

Exitosa muestra en la UCA

Se exhiben 70 piezas en una muestra retrospectiva del intérprete del gaucho

"Yo les diría a los escritores, a los músicos, a los pintores: «Vayan a la pampa, a los montes, a las sierras, y recojan el inmenso caudal disperso, que aún están a tiempo para salvar el folklore nativo. Triste será que las futuras generaciones nos pidan cuentas. Triste será que no podamos decirles qué fue del gaucho y qué hemos hecho para mantener la tradición nacional»."

No hizo falta cumplir la sentencia de Florencio Molina Campos (1891-1959). Su aluvional y sensible producción artística dedicada al tema superó con creces aquel afán.

Como infatigable "antropólogo" del alma gaucha -sin otra herramienta que el pincel y su hondo conocimiento del paisano-, la retrospectiva de su pintura, que se exhibe hasta el domingo en el Pabellón de las Bellas Artes de la Universidad Católica Argentina (UCA) ha suscitado fervorosas adhesiones: unas 27.000 personas visitaron la muestra, entre ellas alumnos de 170 escuelas públicas que participaron de las 12 visitas guiadas que diariamente difunden la argentinidad y la grandeza de su pintura.

Organizada por el Centro Cultural de la UCA, que dirige Pablo Gutiérrez Zaldívar, la muestra está integrada por 70 piezas de 16 colecciones privadas y de la fundación que lleva el nombre del pintor, en Moreno. En su mayoría son los dibujos originales de los populares almanaques de Alpargatas.

Artista autodidacta, impenitente explorador de los pagos del Tuyú y de Entre Ríos, Molina Campos sumió en una pausa su vocación plástica hasta los 30 años, cuando se animó a exponer su obra por primera vez en la Sociedad Rural. Aquel fue su "primer éxito en la vida", recordó alguna vez, luego de incesantes replanteos vocacionales y de malogradas audacias empresariales.

Humor y pertenencia

Como siempre sucede al revisitar sus cuadros, una ristra de nuevos detalles, alusiones sutiles, códigos descifrados y humor a raudales transmiten un sentido de pertenencia y amor incondicional a su tierra.

La muestra, que puede visitarse en Alicia Moreau de Justo 1300, de 11 a 19, se abre con una témpera insignia del autor, Aplicau a beyaquiar: el impetuoso tobiano, "nuevo" para el jinete, que corcovea exaltado para deshacerse del intruso que osa montarlo.

Sus primeras obras, en las que combina la pincelada esfumada de la acuarela con el trazo contundente y definitorio de la tinta, muestran escenas como Tropiando, una imagen que condensa el conocimiento profundo del arriado campero, plasmado como en una eficaz enciclopedia visual.

Una galería de atuendos gauchos (el chiripá atado con tientos; las botas de potro abuchonadas; la refulgente ristra de plata junto a la pilcha dominguera antes de la ginebra en la pulpería, o la ropa más remendada durante los "años flacos" (la depresión del 30) muestran a un artista respetuoso del detalle, a un cronista minucioso incapaz de traicionar al espectador con alardes creativos.

Además de los ojos saltones y desorbitados de los créditos, acentuados con un estudiado "humanismo" en desproporcionados cascos, ojos y pescuezos, hay en la muestra escenas muy hilarantes: el mercachifle que seduce a la china con las más variadas telas, al lado de palos de amasar en venta; el paisano que toma valor ante el gaucho anciano para peticionar la mano de la china (Con su permiso, don), o los tortolitos, recién casados, igual de tiesos y emperifollados para la foto nupcial que captura un inmigrante.

Pero la gran complicidad que Molina Campos establece con el caballo, al que retrata en un sinnúmero de reveladoras situaciones, alcanza quizá su punto más alto en el primer plano de un lobuno con lista blanca y cara deformada por la velocidad de su agitado galope (Se vino como cuete).

La exhibición revela también los códigos secretos de bailes como el pericón, la zamba y el gato; los partidos de polo junto a las destrezas que ensayan los peones en competencias como la sortija, la taba y las insomnes partidas de truco en noches estrelladas.

Hay una escena nocturna que condensa toda la magia de la llanura pampeana: es La ronda, a la luz de la luna del patrón, encandilado por el fósforo con que enciende el vicio, secundado por su incondicional peón.

Por Loreley Gaffoglio
LA NACION



La Fogata de San Juan, 1940, témpera sobre papel, 32 cm x 50 cm (Folklore del Norte)


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