La Argentina sojera: se alzan tibias voces

De espaldas a la tierra no se podrá generar riqueza


La sociedad y nuestra dirigencia, todavía más, carecen de visión de largo alcance. Tenemos una ventaja comparativa extraordinaria, pero con probabilidad de ser derruida en la medida que pase el tiempo. La cuestión es si somos conscientes de que la tierra es un tesoro, que debe ser cuidada como tal. Nuestros antecesores, antes de la Conquista, lo sabían muy bien, a punto tal de considerarla una deidad. Por el contrario, parece que nosotros -irresponsablemente- sólo queremos sus frutos.

Por este tema, mantengo correspondencia con Otto T. Solbrig (Universidad de Harvard). No hace mucho, me escribió: "La falta de conciencia deriva del hecho de que se puede reemplazar la productividad perdida mediante el uso de fertilizantes químicos. Pero su uso masivo crea contaminación y aumenta los costos. En todos los suelos con una pendiente mayor a cinco grados, la tasa de erosión -aún con siembra directa- es mayor que la tasa de formación de nuevos suelos, lo que significa que eventualmente las tierras con pendientes mayores a los cinco grados -que son el 70% de la tierra arable del planeta- se degradarán hasta tener que abandonarse."

¿Lo tenemos así de claro? Cada vez que hacemos agricultura, el suelo sufre una extracción, una pérdida. Pese a la importancia de este esquema, la legislación no toma en cuenta ello debidamente y los cálculos de ganancias no consideran tal pérdida como un costo. El tema no es muy diferente al desgaste de una máquina.

Política fiscal

Si bien el avance tecnológico y organizacional ha sido ejemplar en nuestro país, en lo que respecta al Estado la cosa es para lamentar. Mientras la actividad agrícola ha evolucionado a pasos agigantados, con la incorporación de sofisticadas técnicas y avanzadas formas organizacionales, el área legislativa e impositiva no ha tomado debida conciencia del problema.

Los insumos para mantener la tierra y el ambiente en general en su estado original, no son considerados. No se evalúa la pérdida de la fertilidad física, química y biológica del ambiente. Ni la contabilidad ni la política impositiva lo hacen adecuadamente.

Gracias a organizaciones como INTA, Aacrea y Aapresid y a la iniciativa de muchos productores el problema no es más grave aún. Por ejemplo: ¿sabemos que cada dólar por derechos de exportación deriva de un daño a la tierra? En términos generales, puede afirmarse que, en la actualidad, mientras más elevado es el volumen de dinero, que por tal concepto va a dar a la caja fiscal, mayor resulta el perjuicio al medio ambiente. Cuando un impuesto ligado a la producción agraria no está en sintonía con el desarrollo a largo plazo, sus autores cargan con la responsabilidad de contribuir a la degradación de una de nuestras mayores ventajas comparativas.

Desde hace décadas, procesos erosivos eólicos e hídricos y de su riqueza orgánica y de minerales asimilables por los cultivos y el pastaje animal se experimentan a lo largo y ancho del país. Como bola de nieve en picada, el problema crece. Por ejemplo, en menos de medio siglo pasamos de 18 a casi 100 millones de toneladas de granos. ¡Eureka! ¿Quién puede negar qué buena noticia es? Sin embargo, lo bueno también tiene cola. No es que el país haya crecido en extensión: el fenómeno proviene del corrimiento de la frontera agrícola y del incremento de la productividad unitaria. Pero ello no sale como conejo de un sombrero. No es gratis, la consecuencia se observa en la baja de materia orgánica, la tendencia a la acidificación y a menores proporciones de fósforo y otros minerales. La aplicación de fertilizantes está reponiendo sólo una parte de lo insumido. Por eso, los científicos, hace dos décadas, hablaban de nitrógeno; una década atrás, pasaron a hacerlo de fósforo y nitrógeno; y en los últimos años, se han focalizado en el fósforo, nitrógeno y azufre. En la actualidad trabajan con otros nutrientes y con fertilización balanceada.

A escala regional

En la medida en que las tasas de extracción y "exportación" de nutrientes se incrementen, debería ser mayor la agregación de fertilidad y estructura, pues de lo que se trata es de mantener el balance. Aplicar una política de Estado regional al respecto es elemental para el futuro. Y hablo de regional porque el problema excede a la geografía argentina y debería ser parte de la agenda con los países de la vecindad. Hasta el presente, la política económica está elaborada a espaldas de éste. Es más, ésta incentiva prácticas a favor de aumentos de ingresos para el corto plazo que son, precisamente, enemigas de la rentabilidad en el largo plazo.

De no modificarse, las consecuencias serán pagadas por cada una de las personas, dado que no es sólo biológica sino que, hoy, se trata de una cuestión socioeconómica. No es la intención dramatizar el cuadro, pero la capacidad de generar riqueza de la tierra, en condiciones de irracionalidad, es finita. Clasificar a los recursos en "renovables" y "no renovables" es un camino peligroso. Si se toman los recaudos pertinentes estamos frente a un recurso renovable; pero si no se los toman, la verdad es que la tierra no es renovable y, en tal caso, no se diferencia mucho de los yacimientos del subsuelo.

Por Manuel Alvarado Ledesma
El autor es director de Consultoría Agronómica
Para LA NACION


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