Un cuento: 16 de Junio de 1955


16 de junio de 1955

Tenía 13 años, hace mucho, estaba en el primer año del nacional, turno tarde. Vivía en San Cristóbal,  San Juan casi esquina Pasco.
El Nacional Rivadavia quedaba en San Juan y Cevallos, a 7 cuadras de casa, siempre iba caminando, cuando llovía tomaba el 26 en la esquina de Rincón.

El Rivadavia era un edificio  moderno para la época, tipo casa de departamentos, retirado de la línea de los edificios viejos (ya pensarían ensanchar San Juan) Algunas de las aulas de la planta baja y primer piso daban a un patio central de recreo y ceremonias. En el tercer nivel había una terraza grande a la que pocas veces accedíamos, cuando se olvidaban de cerrar la puerta.
Ese día al mediodía, en el camino al colegio no recuerdo que pasara nada. Casi siempre iba con Cacho Iglesias que vivía al lado de Quintás a unos metros de mi casa para el lado de Rincón,  pero no estábamos en la misma división. Mi vieja me decía: ojo en la calle si hablan mal de Perón, fíjense si los siguen o los está escuchando alguien. Decían que había espías en las esquinas. Cuando íbamos a cruzar la calle parábamos de hablar.
Hablábamos boludeces, que la UES, que las pendejas que se montaba Perón y les regalaba motonetas, que el ridículo gorrito que usaba.
Perón era un genio, usaba el mismo gorrito que nos ponemos ahora para jugar al tenis y si se cogía las pendejas de la UES, seguro que eran como Lolita. ¿Y los viejos no decían nada? O los torturaban. O las ofrecían en sacrificio. ¿Y eso que decían que se cogía a Archie Moore, el boxeador americano?

Un rato después de haber entrado al colegio escuchamos explosiones.
¡Qué íbamos a saber, si en aquel tiempo no había televisión!. 
Lo único que veíamos eran las películas en el National Palace, donde los gringos le ganaban a los alemanes y a los japoneses.
Jugábamos en la calle a la pelota hecha con papel de diario atado con piolín, nos pegábamos a la radio para escuchar Tarzán y Sandokán, le afanaba monedas a la vieja para jugar al metegol por la ficha.

Subimos a la terraza del colegio, en donde había un tanque de agua grande detrás del cual mi amigo Ricardo Galán en algunas horas se hacía la rata para que no le tomen la prueba o el oral.
Me acuerdo como si fueran imágenes fotográficas, estaba con Galán, veo su cara que no habla, son como sus ojos que hablan, me acuerdo de su saco azul y que mirábamos para arriba, estábamos a unas 12 cuadras de la Plaza de Mayo, menos en línea recta desde la terraza. Pasaban los aviones Gloster y se escuchaban explosiones y tiros y veíamos el humo. Queríamos subirnos al tanque cuando vinieron los celadores y nos sacaron a todos los alumnos de la terraza.
¡Están bombardeando Plaza de Mayo!
¡Vayan a las aulas!
¡Salgan de acá!

!Más explosiones! No entendíamos nada. Nos invadía esa sensación mórbida y placentera de lo desconocido y la tragedia.
Al rato ordenaron que formemos para salir. Siempre salían primero los de quinto, los últimos los de primero. Antes de salir, un celador, el mismo que me había propuesto como delegado para la UES, nos gritó que nos fuéramos a casa, no para el lado de la Plaza de Mayo, el que vivía cerca de allí que diera un rodeo o se quedara en el colegio, recuerdo su boca abierta, congelada como en la foto.
Ahora pienso que fue una barbaridad dejarnos ir, pero en aquellos tiempos no te iban a buscar al colegio, había menos coches, menos teléfonos, no había reuniones de padres. Cuando citaban a los viejos a la Dirección era para cagarte porque algo habías hecho, para decir: 5 amonestaciones más y se queda libre.
Tuve un celador, Camaretto, medio gordito, de anteojos, usaba traje azul con chaleco, pintaba y tocaba el piano, era culto y sensible. Fue la primera vez que pinté cuando me invitó a la Boca a que pintemos. La pintura me salió bastante bien, era óleo, se puso a llover, cuando volví a casa, no quedaba nada porque la envolví en papel de diario.
En una de las idas a la Dirección, a mi vieja parece que le dijeron que Camaretto era puto. Mi vieja armó un quilombo de novela, lo citó en la Dirección y lo cagó a pedos delante de todos, le prohibió que me dirigiera la palabra, el tipo se ofendió dijo que iba a ir a la justicia a lavar su honor. Yo pendejo, tenía vergüenza, la verdad que el nunca me había dicho nada ni me había tocado y yo sentí mucho perder ese amigo.

Cuando salí del colegio la calle me pareció increíblemente desierta y silenciosa, ya no se sentían  explosiones, estaba cagado, caminaba solo, cerca de las puertas, no sabía si Cacho ya había salido del colegio. Antes de cruzar Entre Ríos miré para todos lados y crucé corriendo.
Llegando a  la puerta de mi casa apareció por Pasco, en dirección a Rivadavia -¡ojo! que por Pasco para el sur, para el lado de Brasil a pocas cuadras estaba el arsenal del ejército-  un coche que me pareció un jeep, cuando  cruzaba San Juan frenó bruscamente, en la calle estaba yo solo, se bajó la ventanilla y apareció un arma que disparó dos veces al cielo, luego arrancó a toda velocidad, me escondí en un zaguán y cuando desapareció, me metí en mi casa. Subí los dos pisos corriendo.
Vivía en el contrafrente, desde donde se veía la cúpula de la Santa Rosa, ese día las persianas estaban cerradas, mi vieja, eufórica, escuchaba Radio Colonia.

Claudio Goldini
Prohibida su reproducción parcial o total sin el permiso del autor




El Hecho:

Fue el 16 de junio de 1955, al mediodía, cuando desde el oeste aparecieron raudos y a baja altura aviones de la Marina. El bombardeo a la Casa Rosada dejó varios centenares de muertos y heridos, en su gran mayoría oficinistas sorprendidos a la hora del intermedio laboral y ocasionales pasajeros del lugar.

El bombardeo deja 300 muertos y unos mil heridos .

El plan era que la casa de gobierno debia ser tomada y asaltada por infantería de marina, cosa que no ocurrio , además de haberlo realizado Perón no estaba allí en ese momento. Por el intento golpista fueron detenidas 800 personas y se disolvio la Infanteria de Marina y la Aviación Naval, uno de los responsables del fallido golpe el contraalmirante Gargiulo se suicidó. Durante la tarde del 16 de junio la CGT convoca una concentración en la Plaza de Mayo y Perón anuncia que el intento golpista ha sido sofocado.  En respuesta, fueron incendiadas la Curia Eclesiástica, las iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Nicolás, La Piedad, San Ignacio, San Juan Bautista, Nuestra Señora de la Merced, Nuestra Señora de las Victorias y San Miguel.

Por la mañana, se perdieron vidas; por la noche, reliquias y obras de arte irrecuperables. En eso había derivado la escalada desde que el 11 de junio se había realizado la tradicional procesión de Corpus Christi, convertida en la primera manifestación antiperonista desde 1946.

Al día siguiente, domingo, se produjo un ataque a la Catedral por parte de grupos peronistas, donde hubo heridos y detenidos: 19 sacerdotes y unos 400 feligreses. Fueron expulsados del país monseñor Manuel Tato, oblispo auxiliar de Buenos Aires y Ramón Novoa, vinculado a Acción Católica, cuyos locales se clausuraron. Como consecuencia de la llamada "Operación Hoguera" en esa jornada doblemente trágica del 16 de junio, la Santa Sede dispuso la excomunión "contra todos aquellos que han cometido tales delitos", lo que obligó a Perón, después, solicitar el fin de la sanción al papa Juan XXIII, así concedido en 1963



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