Don Per, un cuento del barrio de San Cristóbal
Don Per Sea por lo que sea, José se pasaba la vida pidiendo perdón. Algunos del barrio lo explicaban. Explicaciones que les parecían científicas ya que algo leyeron en los diarios.Decían que su madre fue violada, o que provocó sexualmente a alguno de los muchachos. La cuestión es que esta piba de formación católica pero ligera de ropas, se la pasaba en la iglesia confesándose con un cura también ligero de sotana. Embarazada del violador, sintiéndose culpable, una parte del día lo dedicaba a hincarse frente a la virgen pidiendo perdón. Y aquí vino la explicación del Negro, estudiante de medicina, que decía que los chicos en la barriga de su madre tienen sensaciones y que eso les queda grabado en el cerebro después del nacimiento. Y nos daba un ejemplo: a él le gusta el tango y especialmente Ángel Vargas. Resulta que la vieja, mientras laburaba y lo gestaba se la pasaba escuchando a este Ángel, yo no lo conocía, cuando lo escuché en la casa del Negro me pareció que tenía la voz de una mina, se lo dije, el Negro me puteó. El Colorado Pedorro, lo llamábamos así porque después de emitir una sentencia que le parecía extraordinaria la firmaba tirándose un pedo francamente audible y asquerosamente oloroso, opinaba que sabía por vecinos, que la madre lo castigaba a palazos todos los días gritándole: ¡Boludo de mierda! ¡Sós un retardado mental! ¡Pedime perdón, hijo de puta! José, por esas cuestiones con los hijos bastardos, no tuvo mucha atención de su familia, especialmente de su abuela, que lo despreciaba, y cuando él se daba vuelta le hacía los cuernos con la mano. José no era de muchas luces, apenas terminó el primario y repitió el primero de la secundaria. Nosotros lo aceptábamos en la barra de la esquina un poco por lástima y otro poco porque nos divertíamos con el permanente perdón que salía de su boca con cualquier frase que articulaba. José se pasaba los días de su vida pidiendo perdón. Perdón cuando cagaba, perdón cuando pasaba detrás de una dama, perdón cuando tropezaba, perdón antes de dormirse, perdón cuando comía. Antes de cogerse a una puta, le pedía perdón. Antes de pedir la palabra, antes de afeitarse, cuando se abrochaba la camisa. Cuando viajaba sentado en un colectivo y subía una anciana, pero no le daba el asiento. Cuando se retiraba del trabajo decía “perdón, hasta mañana”. Los muchachos lo apodamos Don Per. Le pregunté a José porque esa necesidad de ser perdonado permanentemente, me contestó: “perdón, así me lo enseñaron de chico”. Siempre pensé en el significado de esa palabra que salía de su boca, y que a la postre sería funesta, y digo salía porque simplemente eso…”salía”, era como distinta a las demás, hueca, como que venia de las entrañas. Mucho más no. Bah... estudié algunas materias de filosofía y letras, pero cuando mi viejo murió seguí con su boliche de reparto de caramelos y galletitas, vivo bien, una 4 x 4, buena familia y todo lo demás para ser feliz. José creció como pudo y haciendo changas. Su madre, desesperada, le pidió a un municipal, con el que cogía casi todos los días, que le consiguiera algún laburo en el hospital. Y así José comenzó a ayudar al patólogo del cual aprendió muchas cosas, preparaba piezas de biopsias, evisceraba cadáveres, los entregaba a sus deudos, todo por unos mangos que le daba la cooperadora. José o Don Per, como quieran, respetaba mucho a la muerte, viva en esos cuerpos desnudos y cenicientos. En sus fantasías pensaba que los muertos sentían algo, así que cada vez que empuñaba el bisturí o la sierra los miraba fijo, acariciaba sus frentes y, antes de cortar, les pedía perdón. Después de la muerte de su madre a quien piel y huesos se la llevó una enfermedad innombrable, su pesar por los muertos se hizo obsesivo, pasaba noches a medio dormir, pensaba en el nombre del muerto al que había eviscerado y pedía perdón. Al otro día leía sin falta los avisos fúnebres para ver si estaba “su” muerto.Al año, más o menos, su obsesión se transformó en el seguimiento del muerto, cuando entregaba el cuerpo le preguntaba al de la cochería donde lo velaban. Por la noche pasaba por el velatorio, pedía perdón a diestra y siniestra saludando a los deudos, luego se acercaba al cajón, y repetía la ceremonia, poner la mano en la frente del cuerpo muerto y decir perdón. Cada vez más dedicado, decidió asentar todos “sus muertos”, como el los llamaba, en un libro negro foliado en donde registraba el nombre y apellido, sexo, la edad, fecha de fallecimiento, lugar de velatorio y cementerio, dejaba un pequeño espacio para las observaciones que le parecieran pertinentes, por ejemplo, si tenía un tatuaje, una cicatriz, una mancha, un lunar. Los describía minuciosamente. Por último agregó una foto de los cadáveres, que les sacaba en la mesa de Morgagni, y las pegaba en las paredes de su cuarto. Lo conocían en todos lo velatorios de Buenos Aires. Los empleados por orden de sus patrones, nunca se atrevieron a preguntar quien era, así surgieron versiones de que era un fiscal de la impositiva, mientras otras lo señalaban como practicante de algún rito o algún bondadoso padre católico, para las familias de los difuntos pasaba como que era un amigo desconocido. Vivía en la habitación del fondo, yo la conocí, en la casa de su abuela, ya muerta también. Más que una habitación parecía una oficina sucia y oscura, en desorden, libros negros, diarios acumulados, papeles escritos y fotos pegadas en las paredes, según José las paredes vendrían a ser como decía, “un seguro de la memoria”, transcribía los datos de los libros a las paredes, si los perdía, las paredes eran su “back up”. No conforme con recorrer “sus muertos” todas las noches hacía una pasada por los velatorios, aunque el finado no hubiera caído en sus manos. Se había trazado un camino hasta su casa que transitarlo le llevaba unas 2 horas y en cuyo trayecto había 4 velatorios. En el recordado 7 de junio de 1991, Don Per volviendo a su casa, entro por fin en el último del recorrido. Ingresó en uno de los departamentos, saludó uno por uno a los presentes dándoles la mano y diciendo, perdón, lo siento mucho. Miró el féretro y se acercó, una joven, pálida, linda, casi sonriente lo rellenaba. Su cuello, casi oculto por un delicado velo blanco, en el lado izquierdo dejaba entrever un orificio pequeño, una mancha apenas azul lo rodeaba…Don Per la miró como siempre, un rato, atentamente, luego apoyando una mano en el cajón, se acercó más, puso la otra en la frente de la joven y pronunció: ¡perdón!. Ahí mismo, el marido de la muerta, le arrebató la 45 a uno de los policías que lo custodiaban. Desencajado, le disparó a Don Per 5 tiros: dos le dieron en la cabeza, uno en el pecho, otro le voló el meñique izquierdo, el otro pegó en el cajón, Don Per cayó pesadamente, balbuceando “perdón” ¡Perdón y la puta que te parió! ¡Vos eras el que te la cogías! le gritó el marido. Con un último balazo destrozó la mandíbula de José. En el entierro El Colorado, ya ingeniero electromecánico, pronunció, seguido por un pedo ruidoso y oloroso que nos obligó a alejarnos unos metros del nicho: “sentenciado toda su vida a ser perdonado, se reunió con sus muertos”… Y nos fuimos a tomar un café. El “Negro” de San Cristóbal Claudio Goldini Copyright 2011 Todos los derechos reservados









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